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Claridad y penumbra, Marina Núñez, 2015

El desorden, la inestabilidad, los desplazamientos,

el inconsciente, las pulsiones, las tensiones,

lo oculto, lo insospechado, lo misterioso,

lo excéntrico, lo monstruoso, la otredad,

lo inescrutable, lo oscuro, lo inefable,

la conmoción, lo convulso, el abismo,

la ansiedad, la angustia, el terror,

el exceso, el deseo, el riesgo,

el éxtasis, el trance, la posesión,

la metamorfosis, la inconsistencia, lo informe,

los agujeros, las grietas, los poros,

las obsesiones, las somatizaciones, los delirios,

y así sucesivamente,

pero en las representaciones.

A este lado del lienzo o la pantalla: orden, racionalidad, diafanidad, normalidad, claridad, firmeza, serenidad, contención, descreimiento, permanencia, estabilidad, cordura.

¿Es eso cierto, es lo que deseamos? Quizá, pero no debería serlo. A estas alturas ya está muy claro que la apuesta de nuestra cultura por una razón extrema, por un sujeto que era sólo conciencia, era ingenua y fundamentalista. Que los riesgos que parecían acechar en lo emocional, lo orgánico, lo inconsciente, lo irracional... no podían evitarse sin provocar una catástrofe de mayor alcance que la que se intentaba esquivar.

El lado oculto

La locura ha sido muchas cosas, a veces incompatibles: un reflejo del espíritu divino (o demoníaco) o una regresión a lo pre-humano, inconsciencia o lucidez, un atisbo de sabiduría o mera idiotez, un desarreglo del alma o un desajuste somático, un hecho natural o una construcción cultural. Pero valorada o despreciada, desatada o encerrada, ha sido y sigue siendo el paradigma del lado oscuro.

La obsesión histórica por relacionarla con el arte tiene cierta lógica. No la que insiste en encontrar convergencias clínicas entre enfermos y artistas –manías, desequilibrios, melancolías, neurosis... varían las palabras y explicaciones–, pero el tema es recurrente. Sino la que establece paralelismos, sin duda situados en terrenos vagos y metafóricos (nada más terrible que frivolizar la enfermedad mental), entre pensamientos para los que, de un modo u otro, la realidad es algo incierto, desordenado, trastornado.

Pero si el arte siempre implica en cierto modo una percepción nueva o alterada, una perspectiva diferente que desestabiliza lo conocido, hay artistas que precisamente se lanzan con fervor a lo dislocado, lo distorsionado, lo descompuesto.

Artistas con visiones de ojos rojos, de ojos inflamados, en llamas, que saben que un mundo sin penumbras es una imposibilidad, y además no es aconsejable: con una luz ubicua y deslumbrante que no arroja sombras es más fácil tropezar medio cegados. Si nuestro mundo es tenebroso y enigmático, más nos vale aprender a manejarnos. Y esa necesidad de cartografías explica por qué rastrean en busca de incoherencias, alienaciones, desasosiegos, desmoronamientos, conflictos, dramas, deformidades, alucinaciones.

Mirar de frente

Esas imágenes de lo que está más allá y más acá de las superficies pulidas ¿nos resultan útiles porque de su mano vivimos una breve experiencia intensa y emocionante de inmersión en el horror para luego, y gracias a ella, volver a sentirnos a salvo? ¿Es una catarsis, sentimos que nos purificamos, que dejamos a buen resguardo –en ese mundo imaginario– lo espantoso que de otro modo podría penetrar la carne?

Sin duda hay mucho de eso, sabemos que apartar los miedos sólo consigue que se hagan fuertes y nos acosen con más poder. Así que es más lúcido mirar de frente que de reojo a todo aquello que, reprimido, se agranda y termina por imponerse. Pero un rato, de forma ordenada y domesticada, para nombrarlo y fijarlo en un registro simbólico y formalmente depurado. Es un modo astuto de arriesgar sólo lo imprescindible, de exorcizar cada cierto tiempo a nuestros fantasmas, de examinar las pesadillas protegidos tras un cristal.

Astuto pero inoperativo a largo plazo, pues no es sino un modo de huir de los conflictos reales ilustrándolos. Lo que, aunque no tanto como cerrar por completo los ojos, también atenúa o encubre la experiencia de la opresión y, por tanto, y como avisaba Marcuse, puede producir indolencia, parálisis.

Si a las imágenes no se les permite ocupar más espacio que su propia superficie, si se las relega o frivoliza, si son un consumo pasajero, quedarán como soluciones ilusorias atrapadas en el reino del arte, no podrán cambiar nuestras percepciones e interpretaciones del mundo, no se producirá una imbricación de lo simbólico con lo político, lo social, con la vida real. Para eso hay que sumergirse en ellas, hay que dejar que nos afecten.

Pero en todo caso, como experiencia circunscrita o (tanto mejor) como vivencia convulsa, es realmente importante lo que en las imágenes de lo oscuro y lo enterrado atisbamos: que bajo las apariencias de soberanía y completitud no nos gobernamos ni a nosotros mismos, que estamos divididos o incluso fragmentados, que somos ex-céntricos y metamórficos. Y que no hay una forma de identidad que no incluya esa extrañeza.

Que podemos alejar, arrinconar, encerrar a los locos y a los monstruos, intentando así ordenar el mundo en conceptos claros y separados y protegernos al otro lado de la línea divisoria, pero íntimamente sabemos que representan nuestra propia fragilidad y vulnerabilidad. Porque las paredes que separan nuestra normalidad de nuestras deformidades, nuestro juicio de nuestras enajenaciones, no son estancas sino llenas de poros, algunos grandes como boquetes.

Luz y tinieblas

Gran parte del arte desde la modernidad –acompañado por la filosofía, la antropología, la sociología, la semiótica, el psicoanálisis, la medicina...– se ha dedicado con ahínco a desmontar la idea del sujeto unificado y al control, a convencernos de que la alienación no es algo secundario que le ocurra a un individuo previamente sano, sino la forma en que estamos constituidos. De que nuestra identidad es discontinua, heterogénea, fluida, procesual. Las imágenes que bucean en lo abyecto, lo extraño, lo perverso, lo anormal, lo turbio, lo inquietante... son parte de una apasionante multitud de maniobras desmitificadoras.

Y la suya es una estrategia particularmente interesante, porque no son meramente desconstructoras de esa imagen ilusoria del sujeto sano y soberano, lo que podría provocar un simple anhelo nostálgico del espejismo de orden, sino propositivas. Ya que el ser humano compuesto de luz y tinieblas es en alguna medida una reconstrucción de esa subjetividad fracturada, que opera añadiendo los pedazos arrancados: sabiendo y aceptando que los procesos irracionales e inconscientes constituyen también la subjetividad, que lo siniestro es consustancial a lo familiar, que la monstruosidad o la locura no son cuestión de calidad sino de cantidad, que cada cuerpo será inevitablemente un cadáver... podemos reintegrarnos, recuperar cierta compleja plenitud.

Porque esa otredad que también somos no es necesariamente destructiva, muy al contrario, es potencialmente enriquecedora. No se trata de pretender un estado final definitivo e ideal por completo armónico y libre de contradicciones, pero sí de dejar de ser un campo de batalla psíquico por no reconciliarnos con las que vamos conociendo.

Otra subjetividad, otra sensibilidad, otra experiencia

Mirando más de lejos, al conjunto de individuos, se repite un esquema similar: las representaciones tenebrosas y distópicas juegan en un terreno resbaladizo, pueden ser revolucionarias pero también contener revoluciones. Lo simbólico puede permear y arrasar lo real, o bien al contrario, servirle de cortafuegos para que nada lo importune y lo transforme.

Es bien sabido que bastantes imágenes del error, del caos, del mal –tanto las fantásticas como las que intentan cierto carácter documental– le resultan convenientes al sistema: sitúan en otra parte, o reducen a tan sólo una pequeña parte, los problemas enormes de los que es responsable y que nos provocan una cantidad indigerible de angustia. El peligro es culpa del psicópata, el miedo es culpa del monstruo.

Los diferentes, que incluso si son una multitud son seres marginales y no representan por tanto la esencia de la organización socio-política sino su reverso, cargan con todo el horror, y al hacerlo actúan como válvulas de escape y chivos expiatorios. Su estereotipación es una burda manipulación pero resulta una táctica eficaz: se desvían o despistan culpas y responsabilidades, y así en última instancia asientan el orden que les ha definido como amenazas al orden.

Pero aunque las representaciones que tratan de subyugarlos sean más numerosas, desde el mundo del arte surgen las que los reivindican, las que precisamente denuncian esas prácticas estigmatizadoras mediante las que el sujeto fundamentalista crea a sus otros, a sus locos, a sus monstruos.

En medio de la multitud de imágenes espectaculares de lo atroz que nos asaltan cada día hasta lograr anestesiarnos intentan recuperar, gracias a la experiencia estética, la intensidad y pasión imprescindibles para que el arte tenga algún poder emancipatorio: provocando aún el malestar que el sufrimiento merece, penetrando en la banalidad del mal, exponiendo dónde está la verdadera irracionalidad del sistema, estimulando la subversión de lo reprimido frente a la ley y el canon que lo condenan.

Proponiéndonos otra subjetividad, otra sensibilidad, otra experiencia, que surjan desde lo que hasta ahora estaba enterrado y descalificado y que sugieran otras formas, menos rígidas y brutales, de ser y estar.

Las imágenes del otro lado surgen porque el sujeto y la estructura social están resquebrajados, las censuras ya no funcionan y las fisuras crecen. Al filtrarse por ellas pueden producir una disrupción del orden individual y político, pero es un desgarramiento que tan sólo sacudirá una costra purulenta, a trozos reseca. Esperemos que debajo haya carne fresca.

Son muchos los ensayos lúcidos que tratan de estos temas, pero quiero citar, entre ellos, los de mis amigos, tan sabios:

José Miguel Cortés (1997): Orden y caos, un estudio cultural sobre lo monstruoso en el arte; Anagrama, Barcelona.

Estrella de Diego (1998): “Historias góticas”, en Espacio Uno. Un espacio, catálogo; Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Fundación Marcelino Botín, Madrid, pgs. 20-42.

José Jiménez (1989): La vida como azar. Complejidad de lo moderno; Mondadori, Madrid.

Alberto Martín (2013): “Figuras en el fuego”, en El infierno son nosotros. Histeria y posesión, catálogo; Museo Patio Herreriano, Valladolid, pgs. 40-69.

Isabel Tejeda (2010): "Marina Núñez o la construcción del cíborg. Un discurso multimedia entre la utopía y la distopía”, en revista Icono 14, Año 9, vol. 1; Facultad de Ciencias de la Información, Universidad Complutense de Madrid, pgs. 91-109.

Clarity and penumbra

The disorder, the instability, the displacements,

the unconscious, the drives, the tensions,

the hidden, the unsuspected, the mysterious,

the eccentric, the monstrous, the otherness,

the inscrutable, the obscure, the ineffable,

the shock, the convulsion, the abyss,

the anxiety, the anguish, the terror,

the excess, the desire, the risk,

the ecstasy, the trance, the possession,

the metamorphosis, the inconsistency, the formless,

the holes, the cracks, the pores,

the obsessions, the somatizations, the delusions,

and so on, successively.

but in the representations.

On this side of the canvas or screen: order, rationality, transparency, normality, clarity, firmness, serenity, restraint, disbelief, permanence, stability, sanity.

Is this true, is this what we desire? Perhaps, but this shouldn't be the case. At this stage it is very clear that the commitment of our culture to an extreme reason, to a subject who was only conscience, was naive and fundamentalist. The risks which seem to lurk in the emotional, organic, unconscious and irrational... they cannot be avoided without causing a catastrophe of a broader scope than that which he was attempting to avoid.

The hidden side

Madness has been many things, at times incompatible: the reflection of a divine (or demonic) spirit or a regression to a pre-human state, unconsciousness or lucidity, a hint of wisdom or mere idiocy, the disruption of the soul or a somatic imbalance, a natural fact or a cultural construction. However valued or despised, unleashed or confined, it has been and continues to be the paradigm of the dark side.

The historical obsession to associate it with art has a certain logic. Not the logic which insists on detecting clinical convergences between ill patients and artists –manias, mental imbalance, melancholy, neurosis... the words and explanations vary–, but the topic is recurring. But the logic that establishes parallels, undoubtedly located in vague and metaphorical territories (nothing is more terrible than trivializing mental illness), amid thoughts for which, in one way or another, reality is somewhat uncertain, disordered and disturbed.

However if art always involves a certain new or altered perception, a different perspective which destabilizes the known, there are artists who deliberately delve with fervour into what is dislocated, distorted or decomposed.

Artists with visions of red eyes, swollen eyes, in flames, who know that a world without shadows is an impossibility, and likewise, this is not advisable: with a ubiquitous and dazzling light which does not cast shadows, it is easy to stumble half-blind. If our world is gloomy and enigmatic, we better learn how to handle ourselves. And this need for cartography explains why they explore in search of inconsistencies, alienations, uneasiness, breakdowns, conflicts, dramas, deformities, hallucinations.

Look directly

These images of what are above and beyond the polished surfaces, are they useful to us because they permit us to live a brief, intense and exciting experience of immersion in horror and thanks to it, they allow us to feel safe again? Is this a catharsis, do we feel that we purify ourselves, that we leave what is frightening for safekeeping –in this imaginary world– which otherwise could penetrate the flesh?

Undoubtedly there is a great deal of this, we know that separating our fears only makes them stronger and they harass us with greater power. Thus it is more lucid to look directly, rather than with a sideways glance, at everything, which if repressed, grows larger and ends up imposing itself. But for a while, in an orderly and domesticated way, to name it and define it in a symbolic and formally refined universe. This is a clever way of risking only what is essential, to exorcize our ghosts from time to time, to examine our nightmares protected behind a glass.

Clever but useless in the long term, since this is only a way of fleeing from real conflicts by depicting them. Which, although not as much as completely shutting the eyes, also attenuates and conceals the experience of oppression and consequently, as Marcuse warned, may cause indolence, paralysis.

If the images are not allowed to occupy more space than their own surface, if they are relegated or trivialized, if they are a fleeting consumption, they will remain as illusory solutions trapped in the realm of art, they will not be able to change our perceptions and interpretations of the world; they will not produce an overlap of the symbolic with the political, the social, with real life. To do this, it is necessary to become immersed in them, they must be allowed to affect us.

But in any case, as a circumscribed experience or (much better) a convulsive experience, what is really important is what we glimpse in these dark and buried images: underneath the appearances of sovereignty and completeness, we fail to control even ourselves; we are divided and even fragmented, we are ex-centric and metamorphic. And there is no form of identity which does not include this strangeness.

We can remove, corner, confine the crazy people and monsters, thus attempting to organize the world into clear and separate concepts and protect ourselves on the other side of the dividing line, but we intimately know that they represent our own fragility and vulnerability. Because the walls which separate the normality of our deformities and our judgement from our mental derangements, are not watertight but are full of pores, some as large as gaping holes.

Light and shadows

Since modern times, a significant part of art –accompanied by philosophy, anthropology, sociology, semiotics, psychoanalysis, and medicine...– has been intensely devoted to dismantle the idea of the unified subject in control, to convince us that alienation is not something secondary which occurs to a previously sane individual but is the way in which we are structured. That our identity is discontinuous, heterogeneous, fluid, evolving. The images which are dive into the abject, strange, perverse, abnormal, murky, disturbing realm... are part of a passionate multitude of demystifying manoeuvres.

And this involves an especially fascinating strategy, because they are not merely the deconstruction of this illusory image of a sane and sovereign subject, which could cause a simple nostalgic longing for the mirage of order, but purposeful. Since the human being comprised of light and darkness is to some extent a reconstruction of this fractured subjectivity, which operates by adding the torn pieces: knowing and accepting that the irrational and unconscious processes are also aspects of subjectivity, that the sinister is consubstantial with the familiar, that monstrosity and madness are not a matter of quality but quantity, that each body will inevitably be a corpse... we can reintegrate ourselves, recover a certain complex plenitude.

Because this otherness which we also embody is not necessarily destructive, on the contrary, it is potentially enriching. The aim is not to achieve a final, definitive and ideal state which is completely harmonious and free of contradictions, but at least to cease to be a psychic battle field due to the failure to reconcile those which we meet.

Another subjectivity, another sensitivity, another experience

Looking further ahead, at the set of individuals, a similar pattern is repeated: the dark and dystopian representations play on a slippery slope; they can be revolutionary but also contain revolutions. The symbolic can permeate and obliterate what is real or on the contrary, serve as a firewall so that nothing can inconvenience or transform it.

It is well known that many images of error, chaos and evil –both fantastic as well as images which intend a certain documentary nature– prove to be convenient for the system: they are situated somewhere else or they minimize the huge problems for which they are responsible that cause us an indigestible amount of anguish. Danger is the psychopath's fault; the monster is to blame for the fear.

Those who are different, even if they are a crowd, are marginal beings and consequently do not represent the essence of the socio-political organization but its opposite, they bear all the horror and by doing so they act as safety valves and scape goats. Their stereotyping is a crude manipulation but it is an effective tactic: they deviate and mislead blame and responsibilities, and in the end, they establish the order which has defined them as threats to order.

Although the representations which attempt to subdue them are more numerous, from the world of art emerge those who vindicate them, those who specifically denounce these stigmatizing practices by which the fundamentalist subject creates these "others", their madmen, their monsters.

Amid the numerous spectacular heinous images which assault us everyday until they leave us numb, they try to recover, thanks to aesthetic experience, the crucial intensity and passion indispensable for art having some emancipatory power: still causing the discomfort which suffering deserves, penetrating the banality of evil, exposing where the true irrationality of the system resides, stimulating the subversion of the repressed against the law and the canons which condemn it.

They propose another subjectivity, another sensitivity, another experience, arising from what has been buried and disqualified until now and which suggest other forms, less rigid and brutal, of being and existing.

The images from the other side emerge because the subject and the social structure are fractured, the censorship no longer functions and the fissures grow. When infiltrated by them, they can cause a disruption in the individual and political order, but this is an upheaval which will only shake the purulent scab into dry pieces. We hope that there is fresh flesh underneath.

There are many lucid essays which deal with these topics, however among them, I wish to mention those by my friends, so wise:

José Miguel Cortés (1997): Orden y caos, un estudio cultural sobre lo monstruoso en el arte; Anagrama, Barcelona.

Estrella de Diego (1998): “Historias góticas”, en Espacio Uno. Un espacio, catálogo; Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Fundación Marcelino Botín, Madrid, pgs. 20-42.

José Jiménez (1989): La vida como azar. Complejidad de lo moderno; Mondadori, Madrid.

Alberto Martín (2013): “Figuras en el fuego”, en El infierno son nosotros. Histeria y posesión, catálogo; Museo Patio Herreriano, Valladolid, pgs. 40-69.

Isabel Tejeda (2010): "Marina Núñez o la construcción del cíborg. Un discurso multimedia entre la utopía y la distopía”, en revista Icono 14, Año 9, vol. 1; Facultad de Ciencias de la Información, Universidad Complutense de Madrid, pgs. 91-109.