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Inauguración: JUAN UGALDE | Galería MPA / Moisés Pérez de Albéniz

20 noviembre 2021 - 29 enero 2022

 

Afirma el artista Braco Dimitrijević que, observada desde la luna, no existe distancia entre el Louvre y el zoológico. Quizás por una razón similar Juan Ugalde lleve más de cuarenta años jugando a situar al mismo nivel aquello que todavía hoy separamos como alta y baja culturas, una división que ya Vázquez Montalbán enjuiciaba a finales de los 60 cuando apuntaba que «los programadores del divorcio entre cultura de élite y cultura de masas morirán bajo el peso de la masificación de la cultura de élite.» «Polke, Salinger, Zappa, los japoneses, los indios, La Mancha, los chinos, El Bosco, los analfabetos, las casualidades, lo queramos o no, todo tiene que ver con todo.» Al menos esto decía Ugalde allá por el 2000 introduciendo una exposición, o quizás describiendo un método de trabajo que indagaba en mucho de todo aquello. Pero por supuesto todo venía de más atrás, y es perfectamente visible en el modo en que él mismo y sus compañeros de Estrujenbank eran capaces, en los estertores de los años 80, de pasar de la pesquisa teórica a la sátira en sus reflexiones a propósito de temas de diversa naturaleza: lo rural, el SIDA, la guillotina, el analfabetismo o la macroeconomía entre otros.

 

Decían también Estrujenbank que «todo retorno nostálgico al pasado es sintomático de un cansancio frente al presente y, a la vez, una señal de alarma sobre algo que está desapareciendo.» Collages mentales y otros asuntos de la corteza cingulada se presenta como un cuerpo de trabajo que, aunque en fase inaugural, opera siguiendo la inercia ya no de muchas de esas preocupaciones a las que Ugalde, Cañas y Gadea se referían, sino al modo en que estas eran abordadas. Han pasado los años, los lustros y las décadas, y la romántica noción de Aldea Global acuñada por McLuhan a comienzos de los sesenta, ha ido llevándonos hacia el peor de los escenarios posibles. Quizás por eso la figura del analfabeto que ya había reivindicado Bergamín, sea hoy más necesaria que nunca como herramienta para mantener viva la imaginación.

 

Una búsqueda rápida nos permite averiguar que la corteza cingulada se sitúa en el cerebro, y que es todo lo que está alrededor y encima del cuerpo calloso y, por tanto, forma parte del lóbulo frontal. Descubrimos también que tiene como cometido resolver el conflicto emocional suprimiendo la actividad de la amígdala y sus conexiones salientes. Para Ugalde estos collages mentales suponen una suerte de limpieza de taller, porque los talleres se limpian con escoba, pero también con la psique, y estas acumulaciones de ideas que reparten su procedencia a lo largo de las tres últimas décadas constituyen un intento por reubicar muchas de esas imágenes construidas en parte a través de recuerdos, con el archivo fotográfico propio y el ajeno, y en parte con escenas desplegadas y aumentadas en todas direcciones, que es lo que el dibujo y la pintura le han permitido hasta la fecha.

 

Quizás sea ese cansancio frente al presente lo que lo haya llevado a rebuscar en lo que todavía perdura de antes, y quizás también el hecho de apelar a ese filtro emocional que supone la corteza, o giro cingulado, sea en verdad un escudo con el que protegerse de uno mismo, ya sea mediante el profundo conocimiento del modo en que nuestro cerebro logra diluir las imágenes pertenecientes al consciente con las del subconsciente, o ya sea a la manera en que un niño cierra los ojos para evitar ser visto. Visto o no visto, la cuestión es que estos nuevos trabajos de Juan Ugalde sorprenden ya no por el modo en que los dibujos, pinturas y collages que los componen han sido ensamblados, ya que eso responde, aunque llevado al extremo, a la manera en que él ha operado siempre; ni tampoco sorprenden por la no especificidad de cada una de sus piezas en relación con el todo, porque también de eso ha habido siempre mucho. Por lo que sorprenden es por su capacidad para continuar indagando, para seguir estableciendo vínculos improbables que más que generar extrañeza apelan a la perspicacia de un espectador que cree haberlo visto todo. Cada una de estas nuevas pinturas es como una mesa de experimentación repleta de piezas sueltas, y de ellas surgen nuevas posibilidades que nos arrancan una sonrisa pueril.

 

Si dedicásemos unos minutos a pensar en algún cuadro de Juan Ugalde que hayamos visto recientemente, o que recordemos por algún motivo concreto, dudo que no exista en él una desconexión temporal, geográfica o política que convierta, por poner un ejemplo obvio, una barriada en un campo de golf, o los interiores de un palacio en un bar de carretera. La pintura de Ugalde ha bebido de los tebeos tanto como de las pinacotecas, así como del rock y la alta literatura por iguales, pero lo importante no es eso, ya que toda la vanguardia histórica mezcló de algún modo esas culturas de masas y de élite a las que Vázquez Montalbán se refería, sino que lo verdaderamente loable es haber conseguido diluirlo por medio de la eliminación de estratos, sabiendo estar en lugares tan diversos, pasando por ellos como uno más y dándole a todo un peso que los equipare. De ese modo, frente a la imagen que su trabajo nos devuelve, uno podría asumir que quizás 13, Rue del Percebe haya tenido más importancia en este país a la hora de formar el pensamiento crítico de alguna generación, que la lejana efervescencia sesentaiochista.

 

Ángel Calvo Ulloa